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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2008. Piti y Yo![]() Aquella protectora de animales, dedicada a recoger perros abandonados y enfermos, estaba tan llena, que no le quedó más remedio al ayuntamiento, al ver tal masificación, que poner un anuncio en el periódico local, para poder darles salida. “Necesitamos tú ayuda. No compres animales, adóptalos. Hay muchos que necesitan encontrar un hogar”. Como todos los días, antes de coger el coche para ir a trabajar, un hombre de mediana estatura, delgado, pelo negro y ojos azules heredados de su padre, paraba enfrente de su casa para comprar la prensa. Iba ojeando sin detenerse mucho en nada, cuando leyó el anuncio de los perros. Se quedó por un momento pensativo y se dijo que después de comer se pasaría por allí, “creo que me vendría bien tener compañía”. Carlos, como así se llamaba, había conocido las dos caras de la vida. La buena, cuando conoció el amor, con la que compartiría los mejores años de su vida, pensando que sería para siempre. Y la otra, la que todos temen y que nadie quisiera conocer; cuando un día frío de invierno, sonó el teléfono y una voz al otro lado, le iba dando datos sobre un accidente de tráfico. Desde ese día, su vida cambió y no volvió a ser la misma. Su trabajo como perfumista lo había dejado en un segundo plano y se había dedicado a buscar otro en el que pudiera evadirse de aquel dolor que lo estaba matando. Probador de coches fue el elegido. Cada fin de semana, se jugaba la vida conduciendo prototipos que luego saldrían al mercado. No le importaba su vida, ni lo que le ocurriera; la vivía día a día, cómo si quisiera bebérsela de un trago. Su familia, amigos y trabajo, lo sacaban, a veces, de esa rutina en la que solía caer cuando recordaba el pasado. Aquella mañana, después de hacer unos trámites rutinarios antes de probar un nuevo coche, se dirigió a ver que encontraba en ese anuncio que había leído. Cuando llegó, esa tristeza que tenía siempre en sus ojos, se hizo mayor, al ver en que condiciones estaban los animales que allí se encontraban. Encerrados en jaulas con poca limpieza y tal caos en la organización, que hacía que perros pequeños y débiles, por la mala alimentación, convivieran junto a otros de mayor tamaño y más fuertes. Tal vez eso fue lo que le hizo fijarse en uno en particular. Un pinscher enano de color marrón, con marcas de desnutrición en su cuerpo y algunas mordeduras, que ladraba a uno que lo triplicaba en tamaño por un trozo de pan que le habían puesto para que comieran. Se acercó a la jaula. El perro grande retrocedió asustado, pero el pequeño se quedó quieto, con el trozo ganado en la boca y desafiante ante aquel hombre. -Se llama Piti, eso dice su placa-. Alguien se había acercado por detrás. -¿Cuál es su historia?-, preguntó Carlos. El hombre encargado en aquel momento del recinto, contaba como lo habían encontrado abandonado en un monte cercano, casi moribundo por el hambre y el frío, y mordido por perros salvajes. Llevaba una placa con su nombre, denotaba que había estado bien cuidado y que era un perro de raza. -Pero ya se sabe lo que pasa cuando se aburren de tenerlos o llegan las vacaciones… los abandonan-. Dijo el encargado. Algo observó en ese pequeño animal, quizás sus ganas de luchar después de haberlo pasado mal. Se vio reflejado en sus ojos, la tristeza los acompañaba a los dos. Decidió llevárselo. El chico le comentó que lo dejara en la jaula hasta que se acostumbrara a su nuevo hogar, pues estaba muy receloso de las personas y podría morderle. Cuando llegó a casa, no tenía nada preparado para su nuevo huésped, así que improvisó una cama con unas mantas que cogió del garaje y las acomodó en un rincón del salón. Abrió la jaula y la llamó, pero la perra no le hizo ningún caso. “Vamos a intentar llevarnos bien, tú lo has pasado mal y yo también”, le dijo mirándola a los ojos. A la mañana siguiente, antes de irse a trabajar, le dejó preparado un cuenco con agua y algo de comida. La perra, al verse sola, asomó la cabeza y decidió salir. Recorrió toda la casa, oliendo cada rincón, cada estancia, hasta que se quedó dormida por el cansancio, encima del sofá. Cuando el llegó, después de un día duro, la encontró aún dormida. Se sentó al lado suyo y, ella, al notarlo, de un salto se puso en el suelo y empezó a ladrar. “Ya te he dicho que no te queda otro remedio, que tenemos que llevarnos bien, porque no te pienso devolver”. Hacía mucho tiempo que él no compartía la casa con nadie, después de lo ocurrido. Esporádicamente venía alguna chica, pero sólo por espacio de unas horas, no quería nada serio, no estaba aún preparado para nada. Encendió la tele y se sentó con algo de cena en una bandeja. La perra lo miraba desde su jaula. Él la observaba, mientras dejaba caer un trozo de pan al suelo, para ver si ella se acercaba y lo cogía, pero estaba inmóvil, sin quitar la vista de su nuevo dueño. El cansancio pudo con él y se quedó dormido en el sofá. Al cabo de un rato, abrió los ojos, miró la jaula y allí estaba quieta, mirándolo. Se giró un poco sobre sí y vio que el pan había desaparecido, una sonrisa se dibujó en su cara, “vamos por buen camino”. Así estuvieron unos días, él dejando la comida en el suelo y ella acercándose a cogerla cuando lo creía dormido. Hasta que una tarde, después de dormir la siesta, se despertó y la vio tumbada a su lado en el suelo. La acarició levemente para no asustarla y la perra no se apartó ni ladró, “así me gusta Piti, los dos nos estamos acostumbrando a vivir con compañía, llevábamos mucho tiempo solos”. Salió con ella aquella tarde a comprarle comida, una cesta para que durmiera y a llevarla al veterinario. A la vuelta, colocó la cesta al lado de su cama y ella durmió toda la noche. Se estaba creando un vínculo entre ellos, que a los dos les favorecería con el paso del tiempo. Como cada fin de semana por la noche, él no volvía solo a casa. Carlos, solía sacar ese día la cama de Piti al salón, cosa que a ella no le gustaba mucho, pero no había otro remedio, su dueño tenía compañía aquella noche. Por la mañana, cuando la visita se iba, ella no paraba de ladrarle y la chica salía despavorida de la casa. La perra estaba cambiando cosas en él sin que se diera cuenta, y Piti estaba empezando a confiar. Piti y Yo (final)![]() Aquella mañana salieron a pasear a un parque cercano. La dejó libre de la correa para que correteara. Por un momento la perdió de vista, y por más que la llamaba, ella no acudía. Hasta que la vio en brazos de un chico joven, con aspecto de vivir en la calle, desaliñado y con mirada perdida. Le extrañó que no le ladrara, pues era bastante desconfiada con los extraños. -¿Es suya esta perra?- preguntó. Carlos le respondió que sí, y que nunca se había comportado así con alguien desconocido. -No soy un extraño para ella- dijo el chico. Le contó que la perra era suya, que se la habían regalado nada más nacer. Que su vida había sido muy feliz, hasta que decidió tomar el camino equivocado. Una mañana salió de paseo con ella y se olvidó de donde la había dejado. De eso haría como tres años, los mismos que llevaba enganchado a las drogas. Carlos escuchaba atentamente, mientras recordaba su juventud, cuando en el barrio donde vivía, algunos de sus amigos también se habían quedado en el camino por el mismo problema. La noche se les echó encima sin darse cuenta y quedaron para verse al día siguiente en el mismo lugar. De vuelta a casa, miraba por el espejo retrovisor a Piti. Iba recostada, con la cabeza baja y se notaba tristeza en sus ojos, la misma que viera, hacía ya semanas, cuando fue a la protectora de animales. Cuando entró en casa, fue directa a la jaula y allí se quedó toda la noche. Tumbado en la cama, pensaba en lo ocurrido y como le afectaría a la pequeña perrita. Allí estaba el chico sentado cuando llegaron los dos. Piti saltó de los brazos de Carlos y corrió hacía él. Algo había cambiado en sus ojos. -Creo que a los dos os hace bien veros- dijo Carlos. Estuvieron un buen rato sin hablar, sólo los observaba. Le preguntó si tenía familia. Él le contó que sus padres habían fallecido hacía muchos años y que había quedado al cuidado de su única hermana. Ésta la había estado ayudando con el problema que tenía, pero que se había cambiado de ciudad por no meterla en problemas. Que sabía que lo estaba buscando, porque en el albergue que solía dormir, se lo habían comentado. -Deberías hablar con ella-. Le comentaba, mientras sacaba de una mochila un termo lleno de café y unas magdalenas. -No es tan fácil salir de donde estoy- le dijo el chico. Al marcharse, Carlos le dejó una tarjeta con su dirección y número de teléfono por si necesitaba algo. Unos golpes lo despertaron. Piti ladraba sin parar. Miró por la mirilla y vio a Jesús, que así se llamaba el chico que había conocido en el parque. -Necesito ayuda-. Rogó. Lo dejó entrar. Estaba sudoroso a pesar del frío que hacía aquella noche, temblaba y su voz era entrecortada. Volvió a repetir que necesitaba ayuda, que no podía enfrentarse a esto solo. Cinco días con sus noches correspondientes, pasaron todos sin dormir. Jesús tumbado en la cama del cuarto de invitados, Piti a su lado como queriendo protegerlo, y Carlos recostado en un sillón. Amaneció un día claro y luminoso de invierno, el sol entraba por entre las rendijas de la ventana. Al abrir los ojos, Carlos vio como los dos dormían placidamente, después de las terribles noches pasadas. Pensaba, que había estado desperdiciando estos años, que sólo se había estado compadeciendo de si mismo, que la vida tenía mucho que darle y él a la vida. Su trabajo era sólo evasión, para no pensar en nada. En ello estaba, cuando una voz lo sacó de sus pensamientos. -Creo que lo peor ha pasado-.Dijo Jesús. Se quedó en casa dos meses, hasta que notó que podía salir sin temor a que volviera a recaer. Le buscó un trabajo que compaginaba con sus visitas al psicólogo por las tardes. Estaban preparando la cena, cuando Jesús le dijo que había llamado a su hermana. Y que si era posible que se vieran en su casa. Así fue como aquella tarde, Carlos, Jesús y Piti, esperaban sentados la llegada de la visita, tomando un café. El timbre de la puerta sonó y se levantó a abrirla. Y allí estaba. Una chica bien parecida, pelo negro, ojos grandes, y una gran sonrisa en su cara al ver por encima del hombro de Carlos a su hermano. Corrió hacia él, y se fundieron en un abrazo interminable. -Perdone que no me haya presentado-. Dijo, volviéndose algo avergonzada por entrar de aquella manera. – Me llamo María y no sé cómo agradecerle todo lo que está haciendo por mi hermano-. No dejó que él respondiera a su agradecimiento, pues rápidamente se dio cuenta de la presencia de Piti. La llamó y ella acudió a sus brazos.”Una mujer a la que no ladra”, dijo Carlos riéndose. María le habló de una organización que había creado para ayudar a jóvenes con problemas y que se podía pasar para ver como funcionaba. Así fue como Carlos dejó su trabajo como probador de coches y se involucró, como colaborador, dando charlas a los chicos, y sobre todo escuchándoles. Piti era parte de la terapia, pues todos le tomaron cariño en el centro y ella les daba parte de ese afecto que habían perdido. Cada domingo se reunían en casa de Carlos. Él los miraba mientras charlaban, delante de un plato de paella, en el que todos habían colaborado. “Le he encontrado sentido a mi vida”. Piti veía algo especial, cuando las miradas de Carlos y María se cruzaban. Algo había nacido entre ellos. Pero eso es otra historia. “Fue sin querer, es caprichoso el azar. No te busqué, ni me viniste a buscar…”
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