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Las canicas (2º parte)

 

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De regreso a la plaza, Perla preguntó que a quién le darían la bolita Tréboles. Franco, parándose en seco, sacó la caja de su bolsillo derecho, la abrió y, mirándola, dijo tajante que sería para Valeria. -¿Quién es Valeria?-, pregunto entonces. Ana le explicó que era una niña que pasaba algunas temporadas con su abuela y que vivía cerca de la casa de Franco. Todos se miraron y aceptaron que sería para ella.

Y allí estaba Valeria en la plaza, cuando ellos llegaron. Se acercaron y Franco depositó la caja en sus manos y le explicó todo, tal cual, el viejo se lo había contado.

Y así fue como cada niño tuvo su canica.

Los días fueron pasando entre juegos en la plaza y hablando de que tipo de magia tendrían las bolitas del viejo señor Piget.

El sol comenzaba a brillar cada vez con más intensidad y hacía que la nieve emprendiera un camino, convertida en agua, buscando el pequeño riachuelo que pasaba por mitad del pueblo. A su paso, dejaba ver salir las primeras flores del deshielo. La primavera estaba llegando.

Por aquellos días, el viejo señor Piget cerró la fábrica y se marchó del pueblo.

Los niños también se fueron yendo, poco a poco, hacia otros lugares. No sin antes reunirse todos en la plaza y prometerse que se escribirían.

-Un día volveremos a estar juntos. Las canicas nos unirán y haremos algo entre todos- dijo la pequeña Ana.

Y cogiendo cada uno su bolita, entre sus manos, las juntaron y prometieron que así sería.

La única que se quedó en el pueblo a vivir, fue la pequeña Ana. Durante mucho tiempo se estuvo carteando con todos, pero ese contacto se fue haciendo cada vez más distante, hasta que un día sus cartas empezaron a ser devueltas.

Su vida transcurría entre el cuidado de ancianos y niños, a los que ayudaba en su vida diaria, y a lo que tanto le gustaba hacer, escribir.

Con el único que no perdió el contacto fue con Josué. Algunas veces hasta se veían, pues su trabajo de maestro de aldea, lo solía traer a menudo. Fueron los únicos que nunca perdieron el trato.

Aquella mañana, como todos los días, Ana leía el periódico antes de hacer su ronda. Se quedó muy pensativa leyendo un anuncio que decía: “Se subasta canica. De las últimas cinco que fabricara el viejo señor Piget...”. Intentó buscar el nombre de la persona que la vendía, pero fue en vano.

Sólo podía ser una de las cinco canicas mágicas.

Pero… ¿de cuál de ellos sería?

Josué se la había enseñado hacía tiempo y sabía que él no era, y ella la tenía bien guardada.

Al día siguiente Josué se presentó en casa de Ana. Había leído el mensaje que le había dejado la tarde anterior, explicándoselo todo. Nada sacaron en claro, así que la única manera de saberlo era encontrándolos.

Él recordó que guardaba un número de teléfono con el que solía comunicarse con Perla, pero hacía años que se habían dejado de hablar.

-¡Podemos intentarlo!- dijo Ana.

Era el número de una pequeña pensión de ciudad, así se lo hizo saber la señora que estaba al otro lado del aparato. Preguntaron si vivía una chica llamada Perla. Contestó que no, pero que hacía como unos siete años, vivió alguien en la pensión con ese nombre, y recordó que al marcharse le dejó una dirección por si alguien preguntaba por ella. Se acordaba del nombre porque su nieta se llamaba igual.

Metieron lo necesario en una pequeña bolsa, y con la dirección en la mano y deseosos de encontrarla, emprendieron el camino hacía la estación.

El tren los dejó en el centro de la ciudad. Y allí estaban, delante de una casa grande y vieja, en la que se alquilaban habitaciones. Eso se leía en un papel pegado al cristal de la puerta de acceso. Entraron y se dirigieron a la chica que estaba detrás de la recepción.  Preguntaron si allí se alojaba alguien con el nombre de Perla. Sin necesidad de mirar el registro, pues sólo eran cinco huéspedes, les dijo que la encontrarían en la primera habitación a la derecha. Dándole las gracias, subieron corriendo las escaleras.

Una chica alta, delgada y con el pelo largo y  rizado, les abrió la puerta. Por un momento se quedaron los tres inmóviles, sin saber que hacer. Bastó una leve sonrisa para que se fundieran en un largo abrazo. A pesar de los años transcurridos, no hicieron falta palabras para reconocerse.

-Nunca pensé que os volvería a ver- dijo Perla indicándoles que entraran.

Sentados en las sillas de la pequeña habitación de la casa de huéspedes, hablaban de cómo habían sido sus vidas y de los sueños que no se habían cumplido.

Perla les contaba que trabajaba en las oficinas de unos grandes almacenes y que su vida era bastante monótona. Que muchas veces pensó en irse a vivir al pueblo, pero que tenía un sueño por cumplir, quería montar una exposición fotográfica. Para ello llevaba muchos años ahorrando, pues se lo tenía que costear todo ella.

Josué le dijo que el suyo era viajar y ver el mar, y que estaba pensando en dejar el trabajo e irse lejos. Ana se quedó pensativa, nunca le había comentado su sueño. La sacó de su pensamiento la pregunta que le hicieron los dos a la vez.

-¿Y el tuyo Ana?-.

Ella, riendo por la coincidencia, les dijo que aún no podía decirlo.

Estuvieron toda la tarde charlando de los años pasados en el pueblo y de las canicas. Perla se levantó y se acercó a la mesita que tenía al lado de la cama, abrió el primer cajón y sacó un pañuelo hecho nudos, lo desató y les enseñó la canica Diamante.- Aún la conservo, pues creo en lo que dijo el señor Piget, que es mágica-.

Ana la informó de todo lo ocurrido y que estaban buscándola, a ella y a los demás.

Perla les dijo que con la única que había seguido manteniendo un leve contacto, había sido con Valeria. Les contó que hacía muchos años que se había trasladado a vivir al otro lado del océano, que se había casado y que tenía dos niños. Les enseñó una fotografía en la que estaban los cuatro. -No hablamos mucho, pues no coincidimos en el horario, además yo llego muy cansada del trabajo-.

-¿Crees que será ella la que vende su canica? – preguntó Josué.

-No lo podría afirmar, pero me costaría pensar que es ella- respondió Perla, y siguió diciendo:

-Ha pasado por una mala situación económica, pero ella pensaba como yo, que algún tipo de magia tenía y que no se desharía de ella jamás-.

Quedaron al día siguiente para reunirse de nuevo e intentar hablar con Valeria. Perla le dejó un mensaje en su correo.

Y allí estaban los tres sentados mirando la pantalla del ordenador personal de Perla, esperando que Valeria hubiera leído el mensaje y se conectara.

Mientras esperaban hablaban de cual de los dos sería el que vendía su canica. Y en eso estaban, cuando una cara redonda, ojos grandes y  pelo largo y ensortijado, apareció al lado derecho de la pantalla del ordenador, en un pequeño recuadro.

Josué escribía mientras Perla y Ana no podían quitar la vista de su amiga de la infancia. Aunque estaba muy lejos, la sentían como si estuviera a su lado.

Les contó,  que donde vivía, se parecía mucho al pueblo donde se habían conocido y donde había pasado tantas temporadas con su abuela. Que la casa de la nana, se la había dejado a ella, pero que las cosas estaban muy difíciles donde ellos habitaban y que sabía que estaba muy complicado volver.

- Las cosas pueden cambiar mucho, Valeria- la animó Ana.

-¿Queréis ver algo?- les dijo desde el otro lado del mundo. Y mostrando su mano abierta delante de la cámara, les enseñó a la bolita Tréboles.

Valeria les preguntó que si tenían las suyas y todos sacaron de sus bolsillos las canicas y cogiéndolas entre sus dedos se la enseñaron.

Perla, Josué, Valeria y Ana con sus canicas mágicas Diamante, Pirata, Tréboles y Duende. Ya no había ninguna duda de quien era el vendedor. La única que faltaba era la bolita Dálmata y pertenecía a Franco.

Solo faltaba encontrarlo y hacer que desistiera de su empeño en venderla. Pero ninguno sabía donde encontrarlo.

Valeria recordó en ese mismo instante, que una vez  le mandó un paquete con algunas cosas para los niños, pero hacía muchísimo tiempo, pues el mayor tenía ya 12 años. Buscó en sus papeles y les mandó un apartado de correos y el nombre de la ciudad de donde provenía. Prometieron mantenerla informada con un mensaje diario.

Perla cogió unos días de vacaciones que le debían en el trabajo, y al día siguiente emprendieron los tres la búsqueda de Franco.

 

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