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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2008. La pluma estilográfica I![]() Érase una vez que se era, y como me lo contaron, lo cuento, que existía una pluma estilográfica con una rara cualidad, y ésta era que, cuando no le gustaba lo que escribía o las manos que la sujetaban, no permitía que saliera la tinta. Era una pluma fabricada artesanalmente y sólo por encargo. Estaba realizada en resina negra, con pequeños adornos florales bañados en oro, cartuchos de dos colores, azul y negro, y se acompañaba de un coqueto tintero del más fino cristal. El dueño de una pequeña librería de ciudad la había encargado, y con mucho esmero y delicadeza la colocaba en la mejor vitrina de la tienda. Todos los que entraban a comprar, no podían dejar de mirarla. Brillaba metida en su estuche de piel con incrustaciones de nácar y cierre dorado. Aquella mañana, la maestra del colegio que estaba enfrente de la librería, la miraba fijamente. Solía venir una vez al mes para comprar material y nunca antes la había visto. Le preguntó al viejo librero: -¿Tiene la pluma en venta?- y, después de meditar unos segundos, le dijo: - Puede que me interese-. El dueño le comentó que sí, que la tenía para venderla, pero que se la dejaría a prueba unos días, pues le habían dicho que muchas veces dejaba de escribir sin razón alguna. Así fue como la pluma estilográfica se vio en la mesa de aquella clase de Primaria, encima de unos cuentos de animales, al lado de una barra de pegamento y unas tijeras de punta redondeada. La maestra la solía tomar entre sus manos muy delicadamente y la utilizaba para rellenar actas de asistencia, algún parte de incidencias o las notas de sus alumnos. No habían pasado más de tres días desde que comprara la pluma que, una tarde, antes de acabar la jornada de trabajo y terminando de corregir unos exámenes, dejó de escribir. Por más que intentaba mojarla en el tintero o sacudirla con fuerza, no había forma que dibujara ni un garabato. La llevó a la librería y contó lo sucedido. El dueño le devolvió lo que había pagado por ella y de nuevo la pluma volvió a la vitrina. Su sobrina acostumbraba a pasar, dos veces por semana por la librería, a tomar café y, de camino, le solía hacer un pequeño chequeo. El viejo siempre solía regalarle algo, y pensó que la pluma sería un estupendo obsequio para una futura médica, pues estaba terminando la carrera. De nuevo la pluma tenía dueña. Iba en el bolsillo izquierdo de una bata de médica en prácticas. Con ella recorría a diario la planta segunda del hospital donde trabajaba. Eran unas manos bien cuidadas, suaves, con uñas largas y pintadas, las que solían coger la pluma para rellenar recetas o informes sobre algún enfermo. Una semana fue lo que la pluma quiso escribir. De nuevo estaba en la librería… La pluma estilográfica II![]() Aquella señora, alta, bien vestida, y con unas enormes gafas de sol, buscaba un regalo para su hija. Ésta había terminado de estudiar y estaba buscando trabajo. La pluma estaba en otras manos, esta vez eran unas manos algo resecas, de uñas muy recortadas y con olor a tabaco. Su trabajo consistía en rellenar currículum o interminables cuestionarios para empresas. Dos días, sólo dos días en las manos de aquella chica. Pronto dejó de soltar tinta, así que fue apartada en un rincón de aquel desordenado escritorio. Hasta que una mañana, alguien entró a mirar algo en el ordenador y observó la pluma allí apartada. No pudo quitar la vista de ella, y le preguntó a la amiga que cómo la podía tener ahí ya que era muy hermosa y elegante. Ésta le dijo que se la podía llevar, que no servía para nada. Eran otras manos, manos de abogada laboralista. Cómo lucía en aquella msesa de caoba, encima de un pequeño tapete de cuero color verde y junto a una lámpara de diseño. Y, sobre todo, en esas manos grandes, finas, con dedos huesudos y uñas interminables. Solía tomar la pluma con distinción, y escribía contratos de trabajo, pactos, o simplemente actas para el juzgado. Parecía haber encontrado su sitio,... pero nada más lejos de la realidad. Aquel día tan importante para la abogada, pues se firmaba un contrato millonario de exclusividad, de su bufete, con una empresa de renombre, no quiso escribir.Cuando hubo terminado todo, y bastante enojada porque en un momento tan primordial algo hubiera fallado, cogió la pluma y la tiró a la papelera. La señora de la limpieza la encontró al vaciar la cesta, llena de papeles, en la bolsa de la basura, y se la guardó en el bolsillo. El domingo por la mañana, como era costumbre desde hacía un año, salió con destino a casa de su hija, no sin antes envolver la pluma en papel de regalo. Esta vez era todo muy diferente. La casa era una buhardilla de un pequeño pueblo de interior. Tan sólo una habitación, que hacía las veces de salón, cocina y dormitorio; contaba además con un pequeño baño y un armario empotrado. Como siempre, madre e hija, comían juntas ese día. Hacía poco que se había independizado, pues había encontrado un trabajo que le permitía compaginarlo con su verdadera vocación: la de escribir. Al finalizar la comida abrió el regalo que la madre le había dejado encima de la mesa. - No sé si escribirá, la encontré tirada en la papelera del despacho que limpio- le explicó la madre. La chica rompió el papel que la envolvía y exclamó: -¡Es preciosa!- le dijo mientras se levantaba y le daba un beso de agradecimiento. Y prosiguió diciendo: -No importa, seguro que le encuentro alguna utilidad-. Estas manos eran pequeñas, siempre estaban frías, con las uñas mordidas y llenas de tinta. Y aunque la pluma seguía teniendo esa rara cualidad de escribir cuando le parecía, cuando eso ocurría, la chica le buscaba otro beneficio. Aquella tarde, después de salir del trabajo, y antes de volver a casa, decidió pasarse por la pequeña librería a comprar papel para sus escritos. El viejo librero la conocía, pues era asidua en su tienda. Después de saludarse, ella se giró y empezó a ojear unos libros. El dueño se fijó en algo que llevaba puesto en el pelo y le preguntó: -¿Lo qué sujeta tu moño es una pluma estilográfica?-. -Sí- contestó; y le contó como había llegado hasta ella. -Al final alguien le ha encontrado una buena utilidad-, sonreía el viejo, mientras le relataba que no había sido la primera, ni las únicas manos que la habían tenido. Aquella pluma estilográfica, hecha artesanalmente, por encargo, de los más bellos materiales, parecía haber encontrado su lugar. Dicen que sigue teniendo esa rara cualidad de dejar de escribir cuando quiere, pero que nunca ha dejado de hacerlo cuando ella la ha utilizado para crear sus historias. Aqui acaba el cuento, y como me lo contaron, lo cuento. Día del libro![]() “Cuentan que fue el mismísimo almirante don Cristóbal Colón quien le impuso el sonoro nombre de < el Centauro de Jáquimo > al verlo lanzarse al ataque, lanza en ristre a lomos de su furibundo caballo Malabestía, durante la primera gran batalla que se libró en el Nuevo Mundo”. Centauros de Alberto Vázquez – Figueroa. Así comienza el libro que estoy leyendo. Tal vez, si lo viera en una librería, no me hubiera parado a ojearlo; pero cuando es una amistad quien te lo regala y espera que le digas que tal está, me cuesta trabajo no leerlo…será eso diplomacia?. Hoy, día del libro, y por primera y única vez, recomendaré una lectura “Juego de ojos” Hervé Tullet. Para jugar con este libro sólo necesitarás a alguien dispuesto a convertirse en… seta, extraterrestre o gatito. Buen día de lectura.
Así estoy yo..."Así estoy yo sin ti" Joaquín Sabina |
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